El té se enfrió sobre la mesa donde Ana lo apoyó, sobre aquel apoya vasos que habían hecho aquella tarde de sol cuando pretendían estar enamorados. Esa tarde se pusieron a hacer manualidades para regalarse el uno al otro. Federico le hizo un apoya vasos barnizado verde, violeta y rojo, con cartón y papel. Ana hizo una taza de arcilla de color rosa, amarillo, verde y celeste. Parecían hechos el uno para el otro. Era como un arcoiris en colores pastel. Es un recuerdo bastante lindo, más sabiendo que era verano y que seguían juntos después de haber compartido casi 6 veranos completos.
Ana esuchó ruidos fuera de la casa y salió, no olvidó que había preparado un té, pero le pareció más urgente salir a ver quién andaba cerca de su casa a esas horas de la noche, no serían más de las 4 am. Lo primero que pensó era que él estaría ahí, volviendo, fingiendo otra vez como en el principio cuando eran felices, o aparentaban serlo, el papel les salía muy bien. Ellos realmente parecían felices. Nadie podía juzgarlos, parecían nenes de 4 años cuando jugaban. Sonreían todo el tiempo, aunque cuando tenían que ponerse serios para cualquier tema podían estar sin hacer una mueca durante el tiempo que durara la conversación.
No le costó mucho ver quién estaba ahí, lo que le costó fue creer que de verdad era él y que estaba ahí, en la tierra sentado, llorando, probablemente arrepentido. Ana parecía ser de piedra en ese momento, ella sabía que necesitaba, pero no podía llorar, sólo pronunciaba su nombre con angustia, lo tocaba, lo abrazaba y lo miraba. No soportó más y comenzó a derramar lagrimas de una forma muy triste, como si todo lo que dijo que lo amaba hubiera sido verdad, Federico y ella se miraban a los ojos, los dos llorando. Y así se quedaron los dos, sentados en la tierra, que tenía apenas un poco de pasto. Se les notaba lo mucho que deseaban estar cerca el uno del otro.
Estaban mirandose cuando Federico baja la cabeza y pronuncia suavemente:- Ana-.
Ella lo miró y pareció sonreir tímidamente, mirando fijo a sus ojos,y con real inceridumbre dijo: -¿Quién hubiese dicho que todo terminaría así?-.
Federico no lo pensó, y le respondió rápidamente: -Nadie... todos lo sabían, pero... nadie nos lo dijo nunca-. Se acuestan en el suelo y miran hacia el cielo. Todavía cantaban los grillos y hacían a Ana sonreir, mientras sus lágrimas seguían brotando de sus ojos.
-¿No crees que es mejor así?- le preguntó ella, aunque lo dijo convencida de que así era, como si lo hubiera deseado desde el principio.
-Te amo- le respondió él.
Realmente eso era algo irreal, ella arrepentida por decirle que vivían en un delirio, él arrepentido por haber huido para tratar de aceptar la otra realidad, una diferente a la que él tenía, ambos unidos por algo tan abstracto y palpable a la vez, tan escencial y tan invisible, tan obviado por todos. Ellos eran felices. Él y ella se amaban. Federico y Ana verdaderamente estaban locos.
